Insolvencia disolvente


La palabra poética hace presente la indigencia. Así planteado, el poema es una “descomposición” del orden significante, una práctica corrosiva. Más allá o más acá de las exquisitas páginas de Césare Pavese acerca del oficio de vivir como poeta, la escritura acontece en un territorio arrasado, un páramo de plena insolvencia, en estado de quiebra. El poeta es un oficiante en la escasez, se encuentra en un hic et nunc repleto de nada ante el silencio, una vida desnuda. Y entonces la carencia opera como voz lírica, se abre paso y gotea, es un manar disolvente. Poemas como incursiones de risa negra, gajos de inutilidad que crecen y crecen en un desierto. 

Cito al escritor mexicano Daniel Sada:

“la vida es una trama en descomposición,
intentes lo que intentes…”
(“De cerca nadie es normal”, en “Aquí” 2007)

El poema siempre es precariedad, humanidad en grieta o para decirlo en palabras del venezolano Rafael Cadenas, una derrota:

“yo que he percibido por relámpagos mi falsedad y no he
podido derribarme, barrer todo y crear de mi indolencia,
mi flotación, mi extravío una frescura nueva…”
(“Derrota” en “Poemas selectos” 2004)

Criaturas que habitan la insolvencia, que escriben como quien arrastra sus uñas en el polvo, los poetas son hijos de la aridez, sus versos son líneas de sed, son líneas de hambre, de sed, de hambre, de sed…
                                                                                                             Gabriel Penner 

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