Este excursus es sobre escritura, pero para llegar a ese territorio el camino nos conduce a la música y, más específicamente, al modo de crear-tocar música de Keith Jarrett. Es un texto que celebra los 50 años de un suceso artístico que cambió la historia para muchos músicos y melómanos, y que quedó registrado como "The Koln Concert". Así fue que la ciudad alemana de Colonia en 1975 se convirtió en el centro del mundo de la experiencia artística a partir de las manos de un ejecutante sin partitura. Nada podría definir mejor a este evento jarrettiano que el concepto de "improvisacionismo" en donde la obra va "apareciendo" a medida que se ejecuta, elaborando un viaje musical sostenido por repeticiones y variaciones en donde se cruzan espontaneidad y estructura. ¿Es posible escribir literatura desde esta "posición improvisacionista"? Aquí partimos de la idea de lanzarse a la escritura-música desde una partitura invisible que se va operando en cada instante, sobre la cual quien escribe ejecuta, generando vuelcos, marchas, deslices, devaneos, que constituyen el arte de la improvisación para enhebrar una obra impredecible. Este modus scribendi requiere una plasticidad tal que el texto se instala en la lógica de un acontecimiento instantáneo, feroz, cambiante, asimilable quizás a lo que el filósofo Paolo Virno denomina en su libro "Cuando el verbo se hace carne", el hablante como artista ejecutante. Lo que aquí interpretamos como improvisacionismo, partiendo del monumental concierto de Jarrett en una lluviosa noche de 1975 y que va a marcar un estilo para el jazz y la música toda, podría asociarse, yendo al campo literario, a un "escritor ejecutante" que hace la obra al mismo tiempo que escribe; de esta forma, la obra siempre está siendo y ese artista ejecutante de la improvisación permanente nunca tiene una obra definitiva. En este contexto, hablar, escribir, tocar un piano u otro instrumento es habitar el momento, produciendo una narración de excepción, un viaje artístico sostenido en repeticiones y variaciones y, por sobre todas las cosas, exploraciones. La creación escrita como ejecución musical, sin plan cerrado, una obra abierta al instinto, con disrupciones que irradian la lectura. Y en este punto aparece, acompañando lo que se viene sosteniendo, la figura del lector que escucha, frente al texto improvisacionista. Quien lee debe entregarse a la palabra-evento, a la contingencia del suceso, un happening en donde el cuerpo es intervenido. ¿A qué escritores y escritoras se puede incluir en el territorio del improvisacionismo? ¿Qué corrientes experimentales crean literatura en cualquiera de sus expresiones a partir de cambios de direcciones y desplazamientos constantes? Más allá de las posibilidades que encontremos a partir de nuestras experiencias como lectores, esta figura del artista de la improvisación que dispara palabras tiene un parentesco con el procedimiento teatral llamado "impromptu" que, solamente para mencionar algunos ejemplos, va de Moliere hasta Beckett, pasando por Giradoux, Ionesco y Cocteau. Sin embargo, el "modo Jarrett" que aquí se destaca como cumbre de técnica e inspiración musical es una instancia de radicalización que desborda la ejecución de la palabra planeada. El improvisacionismo cumple 50 jóvenes años y lo queríamos celebrar escribiendo mientras escuchamos el concierto de aquella noche sublime en la Ópera de Colonia.
Gabriel Penner